Demos una vuelta

   Arremetía contra las curvas, giraba como si fuese un juego de volantes. Quería ver si las muñecas le respondían llegado el momento, y a duras penas lo lograba. Las birras le hicieron efecto, la risa se le congestionaba de a ratos en los momentos de tensión y luego regurgitaba tras “pasar airoso” bajo la falda del Ávila. Eran las 10 de la noche, pero parecían las 3 de la mañana en la Cota mil. La vía estaba casi desierta, sólo tres carros en todo el camino. La noche parecía estar hecha de aromatizante, aromatizante de carro y humo de cigarro que él consumía sin parar en su Corolla, un carrito fiel que era gris por dentro y por fuera.

   Salimos supuestamente a “dar una vuelta”, esa excusa venezolana que poco es verdad y que termina siendo una salida barata, unos besos, unas balas frías, unas birras. Darle sentido a eso que recordamos como “pasarla bien”. Yo estaba temblando, él bebió más de la cuenta y el volante se le iba. Llevaba mi mano cerca del freno de mano y sólo pensaba “a este pana se le va a ir el carro”. Cuando estábamos por Maripérez, cerca del mirador, le dije que agarráramos la siguiente salida y él no lo pensó dos veces, 90 kilómetros por hora y los cauchos le chirriaron en esa vuelta, le grité que bajara la velocidad y él frenó casi de golpe. Adelante vimos una cola de carros, algunos policías y una ambulancia. Al parecer alguien no sólo agarró esa misma salida con velocidad, sino que también agarró una tapa de alcantarilla mal puesta y el carro debió brincar tal cual tazo. Miré a mi conductor preocupado, él comenzó a quejarse, sus nervios eran los que hablaban. Respiré hondo y miré hacia afuera, sujeté su mano fuertemente. “Se acabó la vuelta Osmar, llévame a la casa”, dije. Él obedeció. Llegamos, lo besé, me bajé y él comenzó la vuelta de regreso.

 

Osmar Peña ’14

Anuncios