El golpe

    Llegué calmado, mi corazón palpitaba a un ritmo normal, era capaz de sentir la brisa mientras caminaba. Sin embargo, no dejaba de repetirme los reclamos que quería hacerle al estar frete a él. Después de cinco minutos lo encontré, estaba escondido, eso no evitó que allí me postrase; me incliné hasta estar arrodillado, se me trabó la garganta, lo tenía tan cerca y me era imposible pronunciar palabra. La frustración, la ira, el dolor, todas las emociones se aglomeraban pujando por escapar. Golpeé el suelo y comencé a llorar. Mis puños arremetían repetidamente contra la grama, mis sollozos eran el único sonido que articulaba.

    Pasaron diez minutos o dos horas, o tres, o seis… al llorar uno se vuelve egoísta, el tiempo pierde importancia y existencia. Tuve una pausa, debía pasar a la siguiente fase emocional, comencé a ver su nombre con odio, le grité, estaba inconforme. Él me había abandonado, si aquél taxi lo había atropellado no era mi culpa, él era mi vacío, y así fui vertiendo mis sentimientos, ante su nombre en la lápida, ante la grama que lo cubría, ante el vacío y ante su presencia que yo, aún, sentía conmigo.

 

Osmar Peña ’14

Asesinado

Desgarrado

partes de mi cuerpo se desligan de mí

se caen sujetadas por una espesa saliva

no es levantarse una opción.

 

Se escurre el contenido de mi garganta

sobre el pecho y sobre el suelo

los labios se secan, se achican, se olvidan

se olvida un labio del otro, extrañando su compañía.

 

El hueso se bifurca

y no hay dolor más grande que ese

La voz se pierde entre la música en mi cabeza

se abren mis músculos y se aprecia la grasa entre las capas,

se hace eterna la sangre que escurre.

 

la pequeña prisión de huesos en mi pecho

se quiebra con uno solo de tus golpes

se abre y se tiene acceso al aire que provoca

suspiros, gritos y palabras;

tienes acceso a mi corazón,

bombona de propulsión de suaves cables

cables robados, prestados, que aún funcionan.

 

Lo más escalofriante

es sentir la apertura de la piel

las separaciones que se crean tras el filo que soba

la suave cama de vellos, que siempre quedan contra el suelo,

empapados en un rojo sudor.

 

Osmar Peña ’12

Cruje

Camina sobre mi sombra
Bébete su negra presencia
Clava tus dientes sobre la grama en mi pecho
Que mis ojos no vean tu cara

Me monto sobre este blanco cadáver
Que cruje y defeca como cualquier otro
Él sabe lo que es mirar fijamente
Mientras su abdomen se mantiene plano

Breve ante tus manos
Bruto y de labios carnosos
Agáchate. Húndete bajo lo inocente de las sábanas
Haz silencio. Muerde mis dedos

Asciende sobre el polvo que lanza mi boca
Vuela sobre tu nube diablo de carne
Quémate sobre mi pelvis
Sonroja tu cuerpo, ahógate en mi líquida presencia

Silencio sobre la mesa
Caspa que cubre todo el suelo
Llora ahora sobre mi pecho muerto

 

Osmar Peña ’11

una de doce


Se comienza por aclarar la línea
echar a un lado los restos de borra
levantar el lápiz un momento, y respirar
Cada bostezo aleja un poco más…

Hoy cae la nieve inexistente desde mi rostro
la fiesta navideña pasó, tal como pasa la respiración
sin darse cuenta de que existe.

A su vez me quedo un poco vacío
vacío en el fondo, el resto siempre ha sido así.

Hoy suena una campanada, pero no estará completa hasta el 31
ellas 12, la de hoy sólo una, sólo una
enervada, fresca, deslizando gotas de frío sudor
rozándose una blanca piel y un azul acero.

Arráncala, arranca ese deseo prohibido de ser mujer
Vuela sus sesos al ras del soplo eterno contra un pétalo
que de por sí, ella era sólo una… una que quería ser mujer
pero que no llegó al 31, nunca fue una de doce
ella simplemente no llegó.

Osmar Peña