Demos una vuelta

   Arremetía contra las curvas, giraba como si fuese un juego de volantes. Quería ver si las muñecas le respondían llegado el momento, y a duras penas lo lograba. Las birras le hicieron efecto, la risa se le congestionaba de a ratos en los momentos de tensión y luego regurgitaba tras “pasar airoso” bajo la falda del Ávila. Eran las 10 de la noche, pero parecían las 3 de la mañana en la Cota mil. La vía estaba casi desierta, sólo tres carros en todo el camino. La noche parecía estar hecha de aromatizante, aromatizante de carro y humo de cigarro que él consumía sin parar en su Corolla, un carrito fiel que era gris por dentro y por fuera.

   Salimos supuestamente a “dar una vuelta”, esa excusa venezolana que poco es verdad y que termina siendo una salida barata, unos besos, unas balas frías, unas birras. Darle sentido a eso que recordamos como “pasarla bien”. Yo estaba temblando, él bebió más de la cuenta y el volante se le iba. Llevaba mi mano cerca del freno de mano y sólo pensaba “a este pana se le va a ir el carro”. Cuando estábamos por Maripérez, cerca del mirador, le dije que agarráramos la siguiente salida y él no lo pensó dos veces, 90 kilómetros por hora y los cauchos le chirriaron en esa vuelta, le grité que bajara la velocidad y él frenó casi de golpe. Adelante vimos una cola de carros, algunos policías y una ambulancia. Al parecer alguien no sólo agarró esa misma salida con velocidad, sino que también agarró una tapa de alcantarilla mal puesta y el carro debió brincar tal cual tazo. Miré a mi conductor preocupado, él comenzó a quejarse, sus nervios eran los que hablaban. Respiré hondo y miré hacia afuera, sujeté su mano fuertemente. “Se acabó la vuelta Osmar, llévame a la casa”, dije. Él obedeció. Llegamos, lo besé, me bajé y él comenzó la vuelta de regreso.

 

Osmar Peña ’14

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El golpe

    Llegué calmado, mi corazón palpitaba a un ritmo normal, era capaz de sentir la brisa mientras caminaba. Sin embargo, no dejaba de repetirme los reclamos que quería hacerle al estar frete a él. Después de cinco minutos lo encontré, estaba escondido, eso no evitó que allí me postrase; me incliné hasta estar arrodillado, se me trabó la garganta, lo tenía tan cerca y me era imposible pronunciar palabra. La frustración, la ira, el dolor, todas las emociones se aglomeraban pujando por escapar. Golpeé el suelo y comencé a llorar. Mis puños arremetían repetidamente contra la grama, mis sollozos eran el único sonido que articulaba.

    Pasaron diez minutos o dos horas, o tres, o seis… al llorar uno se vuelve egoísta, el tiempo pierde importancia y existencia. Tuve una pausa, debía pasar a la siguiente fase emocional, comencé a ver su nombre con odio, le grité, estaba inconforme. Él me había abandonado, si aquél taxi lo había atropellado no era mi culpa, él era mi vacío, y así fui vertiendo mis sentimientos, ante su nombre en la lápida, ante la grama que lo cubría, ante el vacío y ante su presencia que yo, aún, sentía conmigo.

 

Osmar Peña ’14

El obturador

   El frío de la madrugada del 4 de diciembre de 1943 fue diferente al regular. Los ciudadanos temblaban en sus camas y se levantaban constantemente para buscar mantas y arroparse cada vez más. Parecía que el frío podía congelar la sangre. Un sonido agudo, un chirrido indetenible hizo despertar a todos los ciudadanos de Choroní al mismo tiempo. El ruido se internó en cada tímpano, ningún habitante pudo escuchar otra cosa que el sonido que semejaba a un televisor sin señal. La intención fue desprogramarlos, aturdirlos y borrarlos; ellos no lo sabían.

   Luces blancas iluminaron las habitaciones donde había mujeres jóvenes. La luz llegó a ser un flash suspendido, cegador. Fue como un truco de magia, una gran estampa fotográfica. De repente, un estruendo reventó las ventanas y puertas. El flash y el chirrido desaparecieron; el frío también. Los hombres, los niños y los ancianos comenzaron a salir, algo les había sido arrebatado. Se desesperaron, corrieron por calles y pasajes, se asomaron a la carretera y hasta revolcaron la arena y se sumergieron en el mar. Nada, no quedó ni una sola mujer fértil (para ese momento) en el pueblo. Fueron arrebatadas rápidamente, la misma cantidad de tiempo que demoraba un bombillo de una cámara en calentar, brillar y explotar. Fue una invasión, fue una guerra fría, fue el fin por un momento, fue. Y ahora lo sabían.

Magdalenas mostaza

Caminaba desesperada entre la multitud, la impaciencia crecía con cada paso que daba a través de aquella calle gris llena de gente vacía. Con un café en su mano, y su pequeño maletín negro -que golpeaba apuradamente a quienes pasaban-, esta reportera del Daily Planet necesitaba llegar a ese edificio en la esquina de fifth street y Concord Lane -donde estaba la oficina- para cubrir varias noticias que se le escapaban a cada segundo: un nuevo ataque de gángsters, el robo de la joyería Tifania, un marido violento que atacó a su esposa ayer en la noche… y así seguían las historias en su cabeza.

Complementaba su atuendo con ese negro y largo cabello, el cual era aprehendido por una cola de caballo que le sujetaba el sex-appeal en su imagen. Delgada, de un metro ochenta -gracias a sus tacones de punta delgada-, y con una apariencia muy delicada… sí, definitivamente Luisa era una chica atractiva, pero no al punto de llamar demasiado la atención y esto le sentaba de maravilla para su trabajo de investigación periodística.

Nada cuesta más que abrirse paso en este mundo de hombres, pero ella sentía que tenía la inteligencia suficiente para obtener lo que deseaba, un poco de sensualidad -que lograba disfrazar como pequeños despistes- para obtener lo que necesitaba. A Luisa, Metrópolis le parecía el lugar más enriquecedor para ejercer su profesión, sin contar el hecho de que necesitaba liberar la adrenalina que corría por sus venas.

Esa mañana al cruzar por la panadería, sintió la necesidad de entrar y llevarse algo para entretenerse mientras escribía, tenía decidido no pararse de su escritorio hasta tener un reportaje listo. Se paró frente a un anaquel y sus manos tropezaron con las de otra chica entre las magdalenas: unas uñas finas pintadas de amarillo mostaza. Simplemente tal color no era común entre las damas de la sociedad, al subir la mirada por su blanca silueta -vaya que iba vestida de blanco, porque la muchacha era toda una morena- se topó con unos oscuros ojos verdes, apagados y solitarios. Luisa se quedó estupefacta por un momento, la de las uñas mostaza se asustó y salió corriendo de la tienda sin pagar y un vigilante salió tras ella.

Luisa pretendiendo saber un poco más que nadie, daba pasos luciendo inculpada, atravesaba la salida con un aire de superioridad; a fin de cuentas aquella mirada de complicidad, no caducó en su mente a los cinco minutos.

Llegó a la oficina notando que en su mano estaba una magdalena por la cual no había cancelado, pero entre tanta confusión ella también olvidó pagar. Sin más, la llevó a su boca buscando el sabor de algo robado… y sabía igual a cualquier otra magdalena. Sintió que era demasiado fácil dejarse llevar por slogans de que todo lo malo se disfruta en cantidades inimaginables, pero aquella magdalena tenía la misma forma que las otras, la cantidad de migajas caídas al suelo eran idénticas a las que costaban diez veces más su precio, por tener nombre francés.

Rellenando el enternecedor momento de tipa caída de la mata, también notó que ahora ella y su chica de uñas mostaza guardaban algo más en común. Un robo inútil e insignificante. Entonces muchas preguntas abordaron su mente… ¿por qué la necesidad de robar algo tan… desmenuzable?, ¿Sería hambre? Pero en ese caso hubiese podido llevarse algo más sustancioso. Teniendo la pista principal frente a ella, pronto sentía cómo se inmiscuía en aquella mente criminal.

Tras la pista de la magdalena, Luisa dejó a un lado tantas otras historias que podían contarse ese día, sintió que tenía algo grande entre las manos: el hecho de poder quitarle los honores y atenciones que su compañero Clark solía llevarse, gracias a un hecho que pasa tan desapercibido ante el ojo común. Sin más, agarró su cartera y fue en busca de los recién asaltados panaderos, pero no logró obtener muchas pistas allí. El vigilante cansado a las dos cuadras, notó que no tendría nada con qué reprender a la ladrona, más que con sus gritos e improperios. (Y no, no se le cayó nada a la chica mala, no dejó tarjetas o pistas casi rebuscadas para que nadie la encontrase).

Luisa se dirigió entonces a la estación de policía, dando la descripción de la muchacha a ver si la habían atrapado. La cuestión fue en vano, ya que le dijeron que en un crimen tan poco grave no habría mayores esfuerzos de búsqueda. Luisa necesitaba encontrar a aquella chica desesperadamente. Empezó a caminar y buscó en otras panaderías… capaz “ella” había vuelto a atacar. Luisa pensaba en una pequeña noticia de recuadro en el periódico: ‘Chica misteriosa asalta las panaderías de Metrópolis’; ‘Ausencia de magdalenas afecta a Metrópolis’; ‘Las uñas naranjas que robaron mi magdalena: Una historia verdadera’, y así se dejaba llevar esa mente reporteril.

Esa noche Luisa no durmió, imaginaba los posibles lugares dónde podía ocultarse su criminal. Capaz en un motel de paso, en un carro que había estacionado frente a un parque, a una iglesia, a un centro comercial. ¿Qué tan religiosa sería esta chica misteriosa? Una iglesia… Luisa conoce varias iglesias frente a las cuales se podría estacionar un carro en vela sin que levantase sospechas, hay unas mormonas, otra de los últimos días y hasta hay católicas que tienen un muy decente parking lot. La posibilidad era la termita en su cabeza, no parecía querer detenerse.

La madrugada fue poca cosa, se arregló como de costumbre y sacó de una bolsa de supermercado varias docenas de magdalenas, se comió una y salió camino a su trabajo. Al cerrar la puerta del ascensor de su apartamento notó que algo no estaba bien, que necesitaba infiltrarse más en la mente de su criminal y para ello debía exponerse de manera similar. Ver el mundo a través de sus ojos, por lo que hizo una parada repentina en una farmacia buscando ese inusual color de esmalte de uñas, pero no tuvo mucha suerte. Visitó varios establecimientos pero era en vano, para resolver aquello debía ir más allá. Decidió alejarse un poco más y se sumergió en el submundo anárquico del centro de la ciudad, lleno de tiendas sin nombres y estereotipos pasados por una batidora, creadora de híbridos; el maletín de Luisa llevó unas cuantas miradas hambrientas y su cabello amarrado comenzaba a intoxicarse por el humo de los carros, los cuales pasaban casi sobre sus pies.

De repente su mirada se colocó en una pequeña tienda que tenía una piñata de Bob Esponja en la puerta, y que justo arriba sobresalían varios secadores de cabello, sin olvidar un cartón donde se leía: se venden churros. Llevada por un nosequé se aventuró dentro, un pasillo lleno de caramelos era lo primero que veía, luego otro de belleza donde observaba desde pelucas hasta limas para las uñas. Empezó a revisar y encontró esmaltes bastante raros, pero ninguno parecía ser el color exacto que buscaba, hasta que llegó una señora morena que se puso detrás y le dijo: Muñecaj, ¿qué coló taj bujcando? Luisa se volteó y se encontró con el color naranja-passion fruit, en las manos de esta señora, y respondió: ¡Este mismo, el que usted está usando!. La señora se miró los dedos, asintió con la cabeza riéndose un poco y se fue a un mostrador escondido tras las piñatas en el fondo. Gritó desde allá: ¡Mami!, ¿Te lleváj uno o doj? Luisa respondió: Deme todos los que tiene, por favor. Y la señora trajo seis pequeños frascos entre sus manos regordetas, agregando: ¿y qué bajasé con tanto Balmy, mujé? La respuesta fue sólo una sonrisa, no pronunció ni una palabra.

La señora colocó todo en una bolsa, le sonrió nuevamente a Luisa y le dijo el monto. Una vez cancelado, la señora seguía sonriéndo, ahora con más picardía que antes, y esta sin comprender le dió las gracias y salió de la tienda sintiéndose ahora como una mujer-mami-muñeca. Sin dejar que pasara mucho tiempo, un catire que parecía haber salido de un camión de beneficencia olvidado, se movió de una esquina para ponérsele cerquita de la oreja y decirle: quién fuese sostén pá agarrarte esas tetas. Luisa se asustó… no, no se asustó solamente, la tipa se encabronó toda y salió pirada. Al menos eso fue lo que pensó el catire malandro que se quedó plantado en esa esquina de sol, humo y anonimato.

Después de agarrar algún tipo de transporte que no es de importancia para nosotros, Luisa llegó a su oficina intentando lucir tranquila y en control de sí misma. Cerró la puerta de su cubículo, comenzó a quitar todos los papeles de su escritorio; lo dejó en blanco y sacó de la bolsa, uno de los esmaltes. La tarea del olor a nitrocelulosa inundaba aquellas cuatro paredes de cartón piedra y dejaba poco espacio al oxígeno para no alucinar con aquél fuerte olor.

Terminó y salió de su pequeño mundo naranja junto a una ráfaga invisible que le quitaría el hambre a más de uno. Su mirada estaba un poco absorbida; no sé aún si era por la pintura de uñas o por la obscura obsesión de la cual era presa. Su jefe la vio un poco rara, se acercó a ella y la tomó por un hombro: Luisa, ¿te sientes bien? Ella volteó lentamente recogiendo su mirada hasta llegar a los ojos de él. El hombre echó la cabeza un poco hacia atrás cuando la vio a los ojos, eran tristes, pero aún era una mirada intensa… una intensidad cansada.

Luisa dijo que saldría nuevamente, que la historia a la que le seguía la pista estaba por entregarla y que luego de eso descansaría un poco, el jefe al escucharla sentía que había algo raro, pero no le dio mucha importancia y la dejó continuar. Al entrar al ascensor para salir de su trabajo, se encontró de frente con un espejo. Lo ignoró al comienzo y luego la soledad sedujo su vanidad; todo comenzó por un supuesto mechón fuera de la bendita cola de caballo. Al comenzar a verse notaba algo incorrecto, se intentaba arreglar sin encontrar esa solución estética que buscaba; finalmente se soltó el cabello y aquella chica rígida se iba perdiendo mientras el ascensor descendía hasta la planta baja.

Se dejó llevar por la multitud, como una simple bolsa plástica arrastrada por las olas hasta llegar sin querer a la panadería, entró por el antojo de una magdalena, cuando estaba nuevamente frente a ese anaquel, alguien se puso detrás de ella y de repente al tocar la magdalena Luisa cayó. Ella sintió que se desmayaba, descendía al suelo y como símbolo de compasión las magdalenas se dejaron caer junto a ella, sus manos quedaron frente a su cara y sólo podía observar de cerca ese color mostaza.  Ya con los ojos cerrados, sintió que levitaba, que su cuerpo se elevaba fuera del mundo… sin saber cómo, esa noche Luisa despertó en su cama, la ventana de su habitación estaba abierta y golpeaba fuerte contra la pared; ella suspiró cerrando sus puños con algo de impotencia, se incorporó entonces a las sábanas y de allí nuevamente a su rutina.

Por Osmar Peña ’12

REVISTA CULTURAL PRISMA

¡¡¡La Revista Cultural Prisma ha llegado al mundo!!! Esta es mi revista :D,  soy el editor y otros cargos como redactor, fotógrafo o hasta corrector de estilo. El pto. es que si te interesa el arte, pues este es el lugar a donde tienes que acudir.

Revista Cultural Prisma se avoca sobre las diez artes institucionalizadas como tal en el mundo: Escultura, Pintura/Ilustración, Danza, Música, Teatro, Literatura, Cine, Videojuego, Cómic y Fotografía. Intentamos dar una perspectiva amplia y centrada, no delineamos límites y más allá ampliamos el horizonte. Somos una revista Inteligentemente juvenil

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Osmar Peña

Ella terminó de devorarme

Cada casa se arregla según la cantidad de bombillos, cortinas, manteles, espejos, y demás capas que se le coloquen a las paredes que forman la estructura principal. No suele importar si tenemos cuatro o cinco bibliotecas, tampoco importa si hay tres escritorios, lo realmente importante para algunos es cubrir esas paredes, que llegando en su viudez o mucho más interesante… llegando en su virginidad, nos enfocamos en vestir y revestir su historia.

Cada día suelo llegar a mi cuarto a las 2 de la mañana, por esos afanes del trabajo que me absorben hasta altas horas. Las estrellas son mis vigilantes, ellas titilan como cada quien pestañea al mirar algo de manera fija y prolongada, ellas me miran de noche… hace tiempo es lo único que me mira debajo de la sábana de humo que tiende el cielo, la oscura cobija me calienta a través de las horas donde mis ojos se cierran momentáneamente.

Cada día es sólo un número para el calendario, cada fecha se va sólo para regresar el año que viene en una cuenta interminable. La noche sigue siendo oscura, aunque un poco más tibia… ese tibio que resbala de una cascada, el agua un poco caliente con la cual solía bañarme de pequeño… y de grande también. Lo tibio que se siente mi cuerpo al despertar con el alba, hoy soy tibio… quizás porque me enfrío, o quizás porque sólo estoy empezando a subir mi temperatura.

El frío se reserva según la cita que dicte en el pasaporte, fecha: diciembre, destino: Nevada. Anoche lo soñé bajo mi manta, era el cielo gris que traía nieve, y al alcanzarme sentía pequeños ardores, desperté y sólo pude apreciar millones de hormigas que me rodeaban. Esa noche había despertado en un rapto, yo era la comida de una gran hormiga que interrumpía mi dulce sueño gris, se tragaba mi oscura cobija y devoraba con sus ocho patas a las pequeñas estrellas que una vez me cuidaron. Todas las pieles sobre las paredes se fueron cayendo, rompiendo y quemando, las hormigas ese día deshicieron mi mundo e instalaron el suyo… pero no conozco más, ya que en ese momento ella terminó de devorarme.

Osmar Peña

Sinfonía

Mientras yo salía del metro a través de una pequeña puerta, la gente se aglomeraba en la entrada de la estación, discutiendo con algún empleado que sólo ofrecía disculpas cada cierto tempo, un tanto Larghetto al igual que las primeras quejas. Otras tantas personas caminaban para luego encaramarse en los buses que pasaban por la avenida, los afortunados (dentro de los mismos) miraban a los que se habían quedado fuera del transporte (parados en las calles) huérfanos que no tenían mayor importancia. Discutían los del fondo porque ya no había mas espacio, y los de la puerta que no cerraba, porque estaban muy apretados.

A lo largo de la avenida había mucha gente con murmullos morondos, pocos buses pasaban y repetían a modo de bis el ritmo consecutivo con el cual se reiteraba aquella imagen de autobuses repletos. Alrededor, filas de buhoneros establecidos que utilizaban sus voces en marcado furioso para anunciar las gangas al consumidor que pasara o estuviese por hacerlo en 1, 5 o 10 minutos, ya que aquí manda y vende el que lo haga con molto fuoco marcato.

Tomo en cuenta entonces el sonido de fondo, la orquesta que era una compilación de cornetas ofuscadas, no faltaba la voz desafinada de otro cantante de reggaeton que colocaba alguno que otro vendedor de música económica. De pronto comenzó el vivacissimo, me tomó por sorpresa, y mi cuerpo casi cae al piso, pues la ráfaga con la cual pasó aquel muchacho no era normal en el compás. Saltó el coro cercano en fuga y colocó en relieve la palabra: ¡AGÁRRENLO! Sus caras modulaban un tono espressivo e furioso, pero fue un tanto breve, así pues volvió a instaurarse el orden moderato en el cual terminé de conducirme hasta la puerta de mi edificio, al estar a punto de trancarla cerraba esta sinfonía la sirena de una ambulancia que se alejaba.

Osmar Peña

Déjame bailar contigo

A continuación dejo un cuento mío, cargado de nostalgia y recuerdos… espero les guste 😉

Él me dijo: cada vez… cada vez q te veo bailar… siguiendo el ritmo de una voz ajena, de un ritmo de boleros añejos, con olor a cerveza y forma… prefiero no recordar su silueta. Yo sentía el cabello apretado en mi cabeza, lo solté, enrollando la cinta vinotinto en mi muñeca para más tarde, apagué mi cigarrillo para que no nos molestara. Llevaba un vestido que soplaba mis pantorrillas canelas, yo bailaba sola pero el recordar su voz me enrojecía el cuerpo, al cerrar los ojos re-creaba el suspiro ronco y el roce fijo de su barba contra mi hombro derecho… empecé sin darme cuenta a desinhibirme en la mitad de la pista, seducía a mi hombre etéreo, mis manos apretaron el vestido y él fue cediendo, subía poco a poco besando mi azúcar morena, o al menos el falso intento que hacía la crema fantasiosa con extractos de azúcar morena nutritiva, con la que envenenaba… perdón con la cual endulzaba mi naturaleza.

Ambas manos que apretaban mi vestido, bailaban a un compás que iba y venía como la respiración que sentía en mi espalda. Sin darme cuenta mis rodillas se asomaron al humo que dibujaba al aire alrededor, sentía que ceñías con tus inescrupulosas manos mis caderas, que las hacías notar presionándolas tan fuerte contra mi silueta barata. De pronto no pude aguantar más la temperatura que existía entre nosotros, abrí los ojos y me di la vuelta, mis puños soltaron el vestido mientras te buscaba con mis ojos oscuros, el CD empezó a sonar repetitivamente en una nota alta de la Lupe, y se apagó mi fuego fatuo al tener que detener la música en mi equipo de sonido, la sala de mi casa seguía vacía… la foto de ti que se sujetaba a la pared y que se aprisionaba en un cuadrito de plata vieja, me miraba, me miraba, y de repente siguió mirándome.

Osmar Peña