Debo confesarme


​Siento que se detiene el aire,

Que el silencio se comió tu presencia

Y que te vuelves hueco, donde antes hubo materia

Que el amor se me hace despecho, que dejas de hacer historia conmigo para hacer silencio
Y un día, de repente, se detuvo la emoción de dolor

De repente supuró un líquido gris plomo

Y la grieta que permanecía viva, se soldó a ella misma

Endureció desde adentro en un material que no se funde nuevamente

Es así como mueren los latidos

Como el “en vano” cobra sentido
Fallece como si hiciera frío

Se vuelve templado, calculador

El rostro se va fijando hasta perder los rasgos

Escurren carboncillo sobre tu silueta y te pierdes. Bruma que se sopla, silbido que huye de la boca, ladrido que explota en el sonido, lágrima que se desprende, cabello que se cae, chasquido que se pierde en la memoria, pestañeo que se olvida, silencio que se hace para olvidar que alguna vez fuiste el sueño de construcción y que ahora eres el aire que transita sin tener permiso y que es libre. Libre de pecado, libre de amor, libre de sensaciones, libre de mí, libre sin razón, libre y vacío, libre perdiendo, libre en error, libre como si fuese hábil, libre de dolor, libre de todo lo malo, libre libre libre. Amén.
Y como si fuese momento de regresar

Se asusta la calma y estoy de nuevo con el hacha 

Dispuesto a cazar, a hurtar, a tomar, a engañar

Soy la tiza blanca, la gelatina transparente, el bombillo traslúcido, el calor sin dueño, la vigilia sin vela, el ala rota, la falsa promesa, la locura ciega, la risa cortada, la sonrisa oculta, muy oculta, muy escondida, apagada, encerrada, silenciada.

Se desprende

Se hace piel

Se cae

Se corre

Se marchita

Se anhela

Se llora

Se respira

Y siento más el dolor que lo mecánico del cuerpo.
Amén.
Osmar Peña ’16

Mis dedos tiemblan

A veces se rompe el vidrio sin que siquiera salga una grieta
A veces se nos va la vida en un vagón que no logramos agarrar
Los dedos tiemblan por distintas razones
La vida se resume en nuestras decisiones

Los dedos tiemblan y con ellos se asume la angustia
Los dedos tiemblan y las letras se confunden
Cuando el corazón más se entrega es cuando más nos duele
Cuando decido abrir la puerta es cuando hay sorpresas en el buzón
Soy una duda en medio del patio
Soy una luz que va acabando la batería
Soy la sordera que decide seguir siendo así teniendo opción
Soy la coraza que deja el abejorro en el árbol al cambiar de piel

¿Y cómo no serlo si ya soy cotidianidad?
Si mis pliegues y mis inseguridades son terreno conocido y palabras escuchadas
Si mi felicidad no es suficiente
Si me quedo entendiendo, entendiendo solamente, solamente entendiendo, solo

Quiero llenarme de ruido
Llenarme de botones de suprimir
Intentar borrar, desvanecer
Mi cabeza suele olvidar a diario, mi corazón lamentablemente no sabe hacerlo
Y mis dedos tiemblan
Siguen temblando…

Osmar Peña ’16

Acerca de la corrección de estilo

¿Qué incluye la corrección de estilo? Quizás sea la pregunta que puede llegar a intrigar y a la que se plantea una respuesta sencilla, directa e incluso fácil: corregir ortográficamente un texto. En realidad este proceso va más allá, no es solo cuestión de evitar que un sujeto sea separado del verbo en una oración o de que los extranjerismos puedan ser identificados con alguna licencia que indique, a nivel gráfico, que existen elementos que no pertenecen a nuestra lengua. Las palabras no solo tienen un componente semántico que responde a su carácter único e individual como término, que bien puede llegar a ser polisémico, sino que responde a su organización (contexto), sentido (intencionalidad), selección correcta dentro del discurso (léxico), estilo (carácter del artículo o la nota), entre otras características que funcionan para señalar que los signos y símbolos que componen la lengua trabajan tanto individual como en conjunto, y que deben entenderse las normas de la academia y también las normas de estilo que cada autor propone, las cuales deben ceñirse al corsé que representa el manual de estilo de un medio.

Entonces la corrección de estilo es el cuidado del lenguaje y el cuidado del mismo autor. Es entender su discurso y servirlo de manera armónica con el medio en el que se pretende emitir, propagar, difundir… Es también, manejar las estrategias comunicativas para que sea sencillo, interesante, funcional y certero. Tampoco se debe olvidar su verosimilitud con la casa donde habita, el medio y las compañías detrás de este. Y si continuamos la lista, debemos tener presente su carácter periodístico, entender la noticia como valor que nos conecta, tanto receptores como emisores directos, incluyendo a todos los agentes adicionales que perciben el producto final (todos aquellos quienes hacen la reputación: el boca a boca).

 

¿Cómo medir las correcciones de texto? Las medidas quizás puedan tomarse y dividirse entre minutos y horas, pero al discurso individual de cada hablante debe tenérsele paciencia. No todas las notas, artículos o entrevistas que llegan a las manos de un corrector son hechas por un solo usuario de la lengua, por lo que sus rasgos individuales se dejan ver en la organización de sus palabras, de sus oraciones, de sus ideas principales y secundarias… Habría que entonces tomar en cuenta su unicidad como voz dentro del medio, y a su vez, ceñirlo a las medidas que lo guían y le dan espacio en él. La apuesta es poder valorar y entender todas las preguntas que giran en torno a la noticia: qué información hay en ella, por qué es relevante y cómo tiene trascendencia, quién es el destinatario y a quién debo escribir para cumplir una intencionalidad con el mensaje, cuándo es necesario entender los recursos para expresarse y cuánto más se deben cuestionar las habilidades ajenas para justificar la calidad de lo que se obtiene.

Las formas de cuidar el estilo son sutilezas de gran esfuerzo y entendimiento, la cuantificación y explicación de sus medidas requieren entender el trayecto del corrector mismo. ¿Es posible corregir de forma inequívoca a todo tipo de autor? Lo mismo valdría preguntar si es posible que un cocinero pueda preparar todo tipo de tortas o pasteles, en teoría sí, porque entiende de ingredientes y de métodos, pero ¿es realmente eso todo lo que se necesita? Existe respeto ante el lenguaje y ante el tiempo considerable que toma no solo saber de ortografía y gramática, sino entender de medios de comunicación, de valores, de puntos de vista, de opiniones, de manuales de estilo, de formas de escribir, de análisis del discurso, de interpretación, de malinterpretación, de diseño de texto, de imagen, etcétera, y se dice etcétera porque puede resultar tedioso leer explicaciones de cómo un corrector no es basto con solo saber y aplicar ortografía y gramática para el resultado agradable de un texto.

 

¿Quién clasifica y pinta las líneas en el camino para que se ande sobre una misma ruta? El camino existe en la medida en que existe el medio, los caminantes se recrean en autores, escritores, columnistas, redactores o cualquier otro nombre que emule la ambición por transmitir información de forma escrita. Pero como buen libre albedrío, cada autor decide sus estratagemas para llevar a cabo una misión personal y compartida, es necesario entonces: cuidar de forma correcta al texto y dar las indicaciones necesarias para el cumplimiento de un objetivo en común (una buena calidad), enriqueciendo las aptitudes y facilitando un par de comas o puntos que les ayuden a trotar mejor la ruta de la comunicación.

Con ello, se cuida al medio y se cuida al prestigio que este proyecta. Y la paciencia es un elemento clave para no perder el brillo que recae sobre el esfuerzo de muchos.

 

¿Por qué correctores de estilo? Podríamos bien ser solo correctores ortotipográficos, palabra que suena incluso pornográfica, lo digo para emplear un término fuerte que describa a quienes manejan la lengua como los siguientes niveles desbloqueados de los correctores automáticos de Microsoft Word, solo porque se nos asemeja a máquinas que apenas intuyen el contexto y que por añadidura tienen una ligera noción de destinatario.

El estilo es quizás uno de los rasgos más delicados que se cuidan en la redacción. La voz personal que debe seguir teniendo nombre y apellido, y a la vez, estar dentro de una convivencia marital con otros autores para lograr armonía y ritmo. ¿Qué si el corrector es entonces el director de orquesta? Absolutamente no, esa función se le otorgará siempre al editor. Pero el corrector humildemente estará tras cámaras, tras el agobiante trabajo de haber arreglado una a una las partituras de toda la orquesta y que el sonido de la producción, al momento en que se produce el aura de la obra, se sienta y quede imperceptible su presencia [la del corrector]. Humilde trabajo que se reconoce solo por su imperceptibilidad, y que sea la ausencia del corrector lo que hace visible su trabajo ante los ojos de los demás. ¿Cierto?

 

El autor es confiado, es atrevido, es intencional y es verbo imperativo. Es. Sus pausas tienen un significado y un ritmo para que sus palabras anden, los términos que utiliza le dan ropa a su discurso, el cual es el momento en donde existe. Me atrevería a decir que el autor existe mientras lo leemos y solo allí. Entre sus pausas se desvanece, y en sus puntos finales pareciera caer en coma, o peor aún, en el olvido. ¿Quién se ocupa de la operatividad del pre estreno de ciertas palabras? El mismo autor y quizás la intervención de algún editor; el corrector —figura transparente— se materializa como la gaza, el bisturí o incluso puede ser el líquido que esteriliza a los instrumentos. Rehuimos del protagonismo y nos quedamos en la etapa que no brilla, terminamos de borrar disimuladamente las manchas que quedaron de un borrón apurado, hacemos más grueso algún trazo que se les ha olvidado acentuar, somos guardianes ante el kamikaze que pueda realizar algún adjetivo frente al texto… Y si llegásemos a ser alguna clase de Control de Inteligencia ante los recovecos del lenguaje, ¿acaso medirían el tiempo que vale realizar dicha labor de salvamento? Menos mal las palabras mal escritas o mal empleadas, colocadas, usadas y maltratadas nunca han herido a nadie, ni han desencadenado ninguna pérdida. dioz zalbe ala rreina.

 

¿Es necesario pedirle al corrector una justificación que mida en qué emplea el tiempo durante su trabajo? Al parecer para algunos es algo que se hace de forma necesaria para mantener un modelo de negocios, por otro lado, ¿es posible hacerlo? ¿Llevar ese requerimiento al facto? Sí, ciertamente es posible. Tal como es posible grabar un tutorial para explicar los pasos para corregir un error en el software de la computadora, o las maneras para preparar un platillo a base de salsa de soya. Pero, qué sucede cuando se trabaja en un medio que está compuesto por diferentes personas que están puliéndose en el arte del periodismo, cuando los tutoriales deben cambiar y adaptarse de autor a autor, cuando las técnicas de cada uno y sus personalidades se mezclan en los textos a fusión de blender, cuando el mix es homogéneo y el resultado termina siendo indivisible, como azúcar disuelta en agua. El análisis es posible, pero el trabajo se alarga, se extiende, se dilata, y se explica a través de oraciones pasivas, activas, de verbos irregulares y de complementos circunstanciales que anteceden la importancia del lugar antes que del evento en sí mismo.

Tal como las formas de citar dan importancia a unos datos sobre otros, los autores con una sencilla oración enuncian lo que consideran fundamental y lo introducen con mezclas y virtudes que sus habilidades de escritura, o mejor dicho, que su intencionalidad señala como más favorable. La artimaña, el recurso que se usa, los elementos de los que se emplean y las destrezas forman solo uno de tantos caminos posibles. El español es una lengua viva y compleja, donde al alterar los elementos y jugar con su posición, se termina modificando el significado y los lectores adquieren conocimientos diferentes. ¿Qué tan importante es la diferencia entre un acento y su ausencia? ¿Qué tan importante es la ausencia en sí misma?

El camino hacia la luna

Él caminó hacia la luna

El camino hacía la luna

 

¿Debería existir molestia porque no se percibe en qué empleo mi tiempo para realizar una corrección? No. La imperceptibilidad de mi trabajo resulta favorable, positiva, energizante y a su vez es la felicitación que llega sin palabras, en silencio, disimulada. Por otro lado, el que desconoce y teme por ese silencio, es porque habla mucho y no está acostumbrado al que calla.

Con su permiso no, avíspate mijito que voy pasando.

 

Osmar Peña ’15

Vacío n°4

Se congeló el aire
mi aliento está hecho de lágrimas
se condensa la sangre en el corazón
sacabas los grumos, saco los grumos
toca retirar lo que obstaculiza el palpitar

el azúcar se vence dentro de mis venas
se torna veneno líquido
me intoxico cada vez que respiro y lo esparzo
mueren mis sueños mientras duermo
fue mi elección consumirme en esto.

se detiene el viento tras la bicicleta
se rompe el casco, se separa el manubrio y abandono el traje
se hacen trizas todas las advertencias,
se levanta el polvo volviendo mi realidad un humarada de tierra
tierra sin memoria, grava pesada, asfalto negro,
la pisada pasa sobre el olvido, camina sin sentido.

Cuando las voces sonaban, cuando eras un nombre nada más,
el silencio se hizo presente frente a ti
y silencio quedó como posesión perdida
Fiel brisa, y este perpetuo respirar hondo
horcadas de pesado aliento, aliento de lágrimas
vacío a medio descubrir, ilusiones en marcos vacíos.

Se descansa sobre el césped, se camina para coger el bus
se abraza para sentir calor, se ama para evitar la soledad
se fornica para satisfacer al cuerpo, se ven las estrellas para soñar
se baila para mover el cuerpo, se ríe para ser feliz y
se olvida el amor para ir a trabajar al hospital.

Osmar Peña ’15

Silencio y crecer

Cuando uno elige dejar las alas

ceñirse a pies, manos, boca y nariz

Sentir el suelo, mojarse el rostro

quemarse los dedos y ahogarse con el aire

Uno elige la tristeza

La pena que rodea al cambio, a la ausencia de luz que representa la noche

y al movimiento que llena a los cuerpos durante el día.

 

El silencio es un bello vacío que no se llena

Representa el espacio que se deja en un vaso para que el agua no se desborde

Son las burbujas que componen la brama de la ola y que la llenan de fuerza

Es el aire que sin apariencia llena los pulmones y se expulsa.

 

Crecer no es que el tiempo marque arrugas o que los documentos se tornen amarillos

No es que la planta o el fruto maduren

Crecer es entender y aceptar que alimentamos a otros y crecemos como conjunto de edificios

Es saber querer, no por el cuerpo y sus sonidos, sino por el valor que tiene un corazón que late y unos pulmones que respiran.

Osmar Peña ’14

Lo normal de ser gay

Ser gay puede ser un camuflaje. Utilizar la sexualidad como capa para cubrir nuestras debilidades, el vacío detrás de las rodillas. En mi vida laboral siempre he optado por medios que tradicionalmente se codean con la homosexualidad, como el palillo que se usa después de un almuerzo para eliminar los restos de comida -necesarios, útiles y naturales-; y es que el mundo de las revistas es un medio abierto a una ligera sensibilidad, al entendimiento pasional ante el encuadre por centímetros de una imagen, hacia las debilidades por un cierto tipo de papel y su gramaje, al cómo una tipografía puede enamorarte o hacer que detestes una publicación… La atención al detalle y a la delicadeza de cómo se tratan. El trabajo es prestar atención y el ojo gay, es un ojo atento, cuidadoso, delicado y cristalino.

Lentejuelas de esfuerzo. Mi carrera universitaria fue Letras, o Literatura si se quiere internacionalizar. Un pregrado lleno de personas que pueden apreciar tonalidades profundas que traspasan el tópico de a quién besamos o del quién nos toca. Para mí, ser gay ha sido volverme transparente al ser público, tener que destacar más allá de mis preferencias sexuales, porque en ámbitos donde se ve como algo “no tan especial”, lo que te hace brillar es el brío, la dedicación y la destreza en tus respuestas, y no tanto el color rosa de tu correa.

Pulsiones. Ciertamente se piensa que ser gay es una característica no tan sencilla de llevar, un sweater pesado sobre los hombros que no podemos quitarnos, que nos guste o no es otra persona del mismo sexo la que nos regala espasmos consensuados y logra ciertas implosiones en nuestras gargantas al hacernos llegar al orgasmo. Pero ese pensamiento se equivoca. Ser gay es fácil porque no tienes que hacer absolutamente nada para serlo (incluso siendo soltero y sin tener relaciones sexuales lo eres).

No hay magia en los tacones. Que te gusten los de tu mismo sexo no hará que seas mejor escritor o editor, no optimizará tu ortografía o redacción, no te dará un mayor tino para elegir fotografías o incrementarán tu creatividad para realizar eventos. ¿Afecta en lo social? Si bien las conexiones y relaciones públicas pueden servir de mucho a un comunicador social, lo políticamente correcto no es utilizar la preferencia sexual para definirse laboralmente, aunque quizá pueda ayudar a conocer a la gente correcta en lugares no convencionales.

El aumento de la lupa. Salir del closet fue en su momento algo importante, decisivo, el globo que explotaba según el tiempo que guardábamos las palabras. Hubo silencio y después sonido, una explosión. Y, luego, nuevamente ruido cotidiano. Nos volvimos una persona más y entendimos que la importancia estaba -y está- en nosotros. Ser homosexual es ser humano y ser humano es ser cualquier persona. Somos iguales, y aunque para algunos sea más o menos notorio, no es gran cosa, es sólo una cuestión de atracción y de amor.

Osmar Peña ’14

Nos cobija la noche

Nos cobija la noche,
mientras colgamos como espantapájaros esperando un cambio,
y nos volvemos adultos esperando el reporte diario en las noticias,
para terminar llorando ante la niebla vencida que estalla en el aire.

Nos cobija la noche,
el frío se nos mete como una mosca que hurga bajo una falda,
entre las piernas que se vuelven excusa para correr,
y huir de las conversaciones políticas: la nueva forma de socializar.

Nos cobija la noche,
ya no se soplan las velas del pastel, el fuego está escaso,
hoy no hay luna plateada que brille su luz para ti:
el síndrome de no tener un cumpleaños feliz.

Nos cobija la noche,
es día de enfermarse, hay medicinas para la gripe y toca aprovechar.
La risa ya no nos cura, ya no nos anestesia como antes,
se nos esconde el amor entre tanta profundidad,
y entre tantas pausas, el corazón pierde su ritmo.

Nos cobija la noche
hasta que le alcance la tela,
porque llega un momento de luto,
en que al cerrar los ojos,
la noche nos cubre para siempre.

Osmar Peña ’14

La trenza en el rostro

Despega estas lágrimas que se agrupan sobre mis pómulos,
realiza recortes en mi lengua, divídela en retazos disparejos
siente mi piel de gallina, siente la electricidad en mis vellos,
como si quisieran despegarse de la piel, abandonar la casa y huir.

¿Puedes perseguirme detrás de los gritos? ¿Escondernos en el silencio?
Abrirnos espacio entre los susurros y respirar como peces ahogados,
ser el hombre colgado con ganchos de un tendedero, esperando secar mi alma.
Con ansias de dejar descansar el horizonte oscuro que exhala entre mis labios.

¿No es suficiente tener la sensación de lija en mi rostro cada vez que me afeito;
La grasa y el olor que queda en mis dedos y uñas luego de rascarme la cara;
Soñar con el torbellino de dolor con el que liman los dientes;
Gritar hasta que se agota el aliento y la voz se torna aguda, incómoda, muda?

Sentir cómo se seca mi nariz, cómo se moja al estornudar,
la sensación de hormigas sobre mis cejas, la necesidad de rascarme, de aruñar,
de rastrear, de que reaparecen en otro lugar, en la sien, en el cuello, en la nuca.

¿Cuándo es suficiente?

Osmar Peña ’14

Demos una vuelta

   Arremetía contra las curvas, giraba como si fuese un juego de volantes. Quería ver si las muñecas le respondían llegado el momento, y a duras penas lo lograba. Las birras le hicieron efecto, la risa se le congestionaba de a ratos en los momentos de tensión y luego regurgitaba tras “pasar airoso” bajo la falda del Ávila. Eran las 10 de la noche, pero parecían las 3 de la mañana en la Cota mil. La vía estaba casi desierta, sólo tres carros en todo el camino. La noche parecía estar hecha de aromatizante, aromatizante de carro y humo de cigarro que él consumía sin parar en su Corolla, un carrito fiel que era gris por dentro y por fuera.

   Salimos supuestamente a “dar una vuelta”, esa excusa venezolana que poco es verdad y que termina siendo una salida barata, unos besos, unas balas frías, unas birras. Darle sentido a eso que recordamos como “pasarla bien”. Yo estaba temblando, él bebió más de la cuenta y el volante se le iba. Llevaba mi mano cerca del freno de mano y sólo pensaba “a este pana se le va a ir el carro”. Cuando estábamos por Maripérez, cerca del mirador, le dije que agarráramos la siguiente salida y él no lo pensó dos veces, 90 kilómetros por hora y los cauchos le chirriaron en esa vuelta, le grité que bajara la velocidad y él frenó casi de golpe. Adelante vimos una cola de carros, algunos policías y una ambulancia. Al parecer alguien no sólo agarró esa misma salida con velocidad, sino que también agarró una tapa de alcantarilla mal puesta y el carro debió brincar tal cual tazo. Miré a mi conductor preocupado, él comenzó a quejarse, sus nervios eran los que hablaban. Respiré hondo y miré hacia afuera, sujeté su mano fuertemente. “Se acabó la vuelta Osmar, llévame a la casa”, dije. Él obedeció. Llegamos, lo besé, me bajé y él comenzó la vuelta de regreso.

 

Osmar Peña ’14

El golpe

    Llegué calmado, mi corazón palpitaba a un ritmo normal, era capaz de sentir la brisa mientras caminaba. Sin embargo, no dejaba de repetirme los reclamos que quería hacerle al estar frete a él. Después de cinco minutos lo encontré, estaba escondido, eso no evitó que allí me postrase; me incliné hasta estar arrodillado, se me trabó la garganta, lo tenía tan cerca y me era imposible pronunciar palabra. La frustración, la ira, el dolor, todas las emociones se aglomeraban pujando por escapar. Golpeé el suelo y comencé a llorar. Mis puños arremetían repetidamente contra la grama, mis sollozos eran el único sonido que articulaba.

    Pasaron diez minutos o dos horas, o tres, o seis… al llorar uno se vuelve egoísta, el tiempo pierde importancia y existencia. Tuve una pausa, debía pasar a la siguiente fase emocional, comencé a ver su nombre con odio, le grité, estaba inconforme. Él me había abandonado, si aquél taxi lo había atropellado no era mi culpa, él era mi vacío, y así fui vertiendo mis sentimientos, ante su nombre en la lápida, ante la grama que lo cubría, ante el vacío y ante su presencia que yo, aún, sentía conmigo.

 

Osmar Peña ’14