Suena como a la música de mis padres, como a una historia contada por otro, como a cliché rallado por los “escritores” contemporáneos…
Dime tú si no es romántico nuestro estilo de salir, de escaparnos del mundo conocido, de divertirnos entre comentarios de nada, sin profundidad, sin aguas oscuras… el banco de color verde, la arena de color mostaza rancia, el ocaso lento lento lento risa lento…
Zapatos grises que se acercaron al borde de mi acera, lento. Tus ojos… vertieron agua rosada sobre mí. ¿No es esto romántico? La luz nos desamparó dejándonos nuestras miradas, conectadas, impelables, coquetas al estilo de las pestañas en los años veinte… ¿¿coherencia?! No hace falta.
Te entregué uno de tus deseos plastificados, cómo tú dijiste… aquella es la caseta de la tentación. Atino, augurio, sospecha, buena suerte…. semántica para esta intención furtiva de conocerte. Al tenerlo suavemente entre tus manos, tus dedos se acoplaban a él, su forma redonda… tu nariz se movía dulcemente, dije perro y quise decir conejo. No corregí mi desacierto. Tampoco dije nariz… qué nariz tan hermosa tienes. Espero no escape nunca panadero. Nada más.
Quizás, fue tu herida un pretexto… para llevarme al lugar romántico lejos de mi realidad. Como estar fuera de la gravedad, sin sujetadores, sin piso firme, mi huida por un momento dejó de ser el bus que iba y venía con secuestrados pasajeros… tú comenzaste a ser mi escape. Y sí, es verdad… No hace falta, nada más, Esto… es romántico.
Osmar Peña ’11






