Bañándome en caricias como sí estuviese en una propaganda de jabones para televisión, como sí después del corte de la claqueta pidiese una toalla para volver a mi rutina diaria de entrevistas, citas, y posibles entregas de mi presencia a los edificios jurídicos de la ciudad que no me permiten obtener una huella dactilar para viajar.
Poco a poco las mansas caricaturas se vuelven rebeldes, Félix el gato se hunde en su bolsa para desaparecer del terror y al adentrarse en su saco, pasa otro aprovechado y se roba el amarillo bolso, sus cruces negras y el respectivo gato encerrado. No es de extrañar que las caricaturas sean ahora restringidas, poco a poco van colocando un gran vidrio transparente al rededor de nosotros, todos los personajes se estrellan, juntan sus manos contra el vidrio, los vemos cada vez mas planos, es una mímica que todos interpretan sin posibilidad a hablar.
Hoy, cerramos los ojos para dormir, mientras se acercan los masos rojos, que de tanto aplastar personas se han tinteado vinotíntamente, a lo patriótico pues… corren los masos detrás de nuestros globos de texto, huyen las ovejas que solía contar y viene el maso que gotea, se esfuman las nubecitas que se formaban de noche sobre mi cabeza, y pasa el maso rápidamente. Ventea la ventana, caen al piso mis historietas del librero, ha pasado el maso volando en su jet privado, que por cierto cuesta más que el país de Zimbawe o de Zambia…
Aquel héroe que rompía con su cuchilla los cuadros que lo encerraban dentro del cómic, hoy se vuelve una calcomanía que se pega en los vidrios del aeropuerto, hoy se vuelve nuevamente bidimensional, hoy su silueta perdura en la aduana (palabra que siempre he relacionado con el desierto y sus dunas, por alguna extraña razón del universo…). Hoy se queda heroicamente asaltado, esposado por el camuflaje que cubría un cuerpo infame, por unas manos que roban con derechos, y siguiendo a MLK, yo también tenía un sueño en estos días, pero lo pincharon con una aguja y explotó.
Osmar Peña